Tres islas fuera de ruta

Destinos 12 febrero, 2021

Desde las profundidades del Pacífico hasta el Caribe menos explorado, estas islas suelen pasar desapercibidas por el radar de los viajeros.

Madeira

Más famosa por ser la tierra natal de Cristiano Ronaldo que por sus bellezas naturales, Madeira es una región autónoma de Portugal cuyo origen volcánico le regala acantilados dramáticos y hermosas montañas, además de ciudades y pueblos que comparten una fuerte cultura portuguesa. Apenas dos horas de vuelo la separan de Lisboa, pero el cambio de paisaje es drástico.

El punto de entrada es la capital, Funchal, que como toda buena ciudad de origen portugués está construida en un terreno sinuoso. Por eso, lo primero que hay que hacer es subirse al teleférico que lleva hasta Monte, desde donde se puede apreciar una hermosa perspectiva de la ciudad portuaria. El paseo puede continuar por otra ruta de teleférico que te llevará a la gran atracción de la ciudad, el Jardín Botánico. Hay que visitar también la Catedral y asomarse al Mercado dos Lavradores, donde seguro quedarás fascinado con los puestos de comida que ofrecen todo tipo de productos locales.

Madeira no es el tipo de isla donde uno viene a instalarse en la playa, aquí las actividades giran en torno a su impresionante geografía. Los que gustan de las caminatas y el trekking disfrutarán especialmente el Pico Ruivo, el más alto de la isla, y el Pico do Arieiro, cuyos senderos permiten caminar por los puntos más altos. En cualquier caso, y para muchas de las actividades de la naturaleza, vale la pena anotarse a algún tour para descubrir la riqueza de la isla de la mano de un experto.

No todo es verde en Madeira, y también habrá que hacer espacio para una visita al Centro das Artes-Casa das Mudas, un espectacular edificio moderno que guarda una colección de arte contemporáneo. Pintura, escultura y una arquitectura de paisaje grandiosa hacen que valga la pena la visita. Finalmente, no hay que dejar de probar el vino más famoso de la isla: el Madeira. Este vino fortificado ha sido favorito de los ingleses desde hace años y en la isla se pueden visitar las bodegas donde lo fabrican. Barbeito, Blandy’s, Henriques & Henriques y muchas otras ofrecen recorridos y catas todos los días.

Santo Tomé y Príncipe

Es una de las naciones insulares más pequeñas de África y también una de las menos exploradas. Este pequeño país, que alguna vez fue también una colonia portuguesa, ofrece algunos de los paisajes más exóticos que uno podría imaginar, como el Pico Cão Grande, una extraña formación volcánica que se eleva a más de 600 metros del suelo, creando una especie de aguja.

Para llegar hay que volar, ya sea desde Lisboa, en un vuelo que toma poco más de seis horas, o desde Ghana, Camerún o Angola. Ya en la isla, el punto de partida suele ser la capital, la ciudad de Santo Tomé, la más grande, con poco más de 71,000 habitantes. Los viajeros visitan la Catedral y el Fuerte, ambos recuerdos de la ocupación lusitana, antes de seguir al interior de la isla. A menos de 30 minutos del centro esta Roça Água-Izé, un pequeño poblado donde todavía se mantiene una antigua plantación de cacao que hoy funciona como espacio cultural y turístico.

Las playas de esta isla tienen todos los lugares comunes de una postal: aguas tranquilas de color turquesa, arena blanca y palmeras que se inclinan sobre la costa. Imperdible es acercarse a la Baía das Agulhas y a la Praia Banana.

Finalmente, y para llegar al espectacular Pico Cão Grande, hay que anotarse a una caminata de dos días por la selva. En realidad, ésta es la mejor parte de la aventura, pues permite a los viajeros disfrutar la naturaleza de la isla desde dentro. Dependiendo del interés y la condición física de cada quien, hay tours de hasta 10 días para entregarse a la ruta.

Tasmania

En el extremo sur de Australia se esconde esta isla que no es propiamente pequeña, pero que junto al continente parece apenas un puntito perdido. Tal vez lo más especial de Tasmania es que, por su ubicación y su separación del continente, ha conseguido mantener flora y fauna que muchos consideran prehistórica.

Desde Melbourne o Sídney se puede volar a Hobart, una pintoresca y tranquila ciudad que puede funcionar como centro de operaciones para descubrir la isla. Eso sí, antes de cualquier otra cosa hay que reservar entrada al MONA (Museo del Arte Nuevo y Antiguo sería su traducción al español), el juguete del millonario David Walsh y uno de los proyectos más excéntricos y divertidos del mundo. Se llega por agua, en un barco que sirve vinos y champagne, donde, nada más entrar, cada visitante recibe un teléfono que funciona a manera de guía. El extraño laberinto está lleno de instalaciones y piezas de arte contemporáneo, algunas provocadoras y otras simplemente maravillosas, como toda la colección de James Turrell. La visita se completa con una comida o una cena, pues en la parte de arriba el museo tiene un viñedo. Toda una experiencia que ha metido en el mapa turístico a esta tranquila ciudad.

El resto del recorrido por Tasmania está más orientado a la naturaleza. Mount Field, Hartz Mountains National Park o el lago Saint Clair podrían ser parte del recorrido. Aunque si lo que uno quiere es ver algo totalmente diferente, hay que visitar el Maria Island National Park, que además de hermosas formaciones rocosas y una serie de senderos para caminar, ofrece al viajero la posibilidad de convivir con wómbats, que no son roedores, sino marsupiales, y que parecen pequeños ositos cuadrados. Los wómbats viven libremente en la isla y conviven con los viajeros sin mayor problema. Es más difícil de toparse un demonio de Tasmania en libertad, aunque la isla es hoy el único hábitat silvestre de esta especie. Aunque nada tienen que ver con la caricatura, estos pequeños marsupiales carnívoros parecen perros pequeños y un poco gordos y, eso sí, pueden emitir un ruido más bien terrorífico.

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